LEED v5 y resiliencia climática: compartimos la experiencia de Giulia Molinari en certificaciones LEED

Nuestra asesora responde a la encuesta de LinkedIn del mes de febrero sobre los riesgos climáticos más relevantes en entornos urbanos


En Wattega impulsamos una cultura de conocimiento compartido para transformar la experiencia técnica en criterios aplicables a los proyectos. En esta línea, nuestra asesora en certificaciones LEED, Giulia Molinari, ha profundizado en un debate clave: qué riesgos climáticos están marcando la agenda de la edificación y cómo podemos diseñar y operar para que los activos sean más resilientes cuando las condiciones reales se vuelven más exigentes.

El reto ya no es solo “cumplir” una certificación, sino asegurar el rendimiento real del edificio frente a episodios extremos.

El siguiente artículo responde a la encuesta de LinkedIn realizada desde la cuenta corporativa de Wattega este mes de febrero, en el marco de las certificaciones ambientales. La pregunta sobre “qué riesgo climático crees que suele quedar más infravalorado en el diseño de los proyectos sostenibles”, con tres opciones de respuesta, recibió 19 votos: el 58% de la audiencia respondió a favor de lluvias intensas e inundación, el 37% apuntó a la calidad del aire exterior y, finalmente, solo el 5% optó por las olas de calor.

Lluvia intensa e inundación: de “drenar” a diseñar con el ciclo natural del agua

Es coherente que lluvias intensas e inundación (58%) lideren las respuestas. En un contexto como Barcelona, este riesgo debe abordarse como resiliencia y adaptación climática: no se trata solo de “gestionar caudales”, sino de salvaguardar la seguridad de las personas y mantener el proyecto operativo cuando los episodios son más extremos, contribuyendo al mismo tiempo a un balance hídrico local más positivo.

Esto implica cambiar el paradigma: pasar de “drenar” a gestionar integralmente el ciclo del agua, reproduciendo en la medida de lo posible el funcionamiento natural previo a la urbanización.

Criterio general recomendado: priorizar soluciones basadas en la naturaleza y actuar lo más cerca posible del punto donde cae la lluvia:

  • Superficies permeables y sistemas que redirijan el agua hacia zonas de retención e infiltración.
  • SUDS, laminación, infiltración, pavimentos drenantes, bioretenciones y cubiertas verdes para reducir la escorrentía que entra en el alcantarillado.
  • Cuando sea viable, captura y reutilización (riego o usos no potables) y, en paralelo, reducción de la demanda de agua potable en origen.

Resultado: menor volumen y menor pico de caudal enviado a la red, y mayor resiliencia en episodios intensos.

Calidad del aire exterior: equilibrio salud–energía con datos de operación

La calidad del aire exterior (37%) también es una cuestión de adaptación porque obliga a encontrar un equilibrio salud–energía. Para mantener una buena calidad del aire interior sin incrementar innecesariamente el consumo, es necesario:

  • Filtración correctamente dimensionada.
  • Ventilación modulada según la demanda.
  • Monitorización continua para confirmar el rendimiento real (no solo el cálculo de proyecto) y ajustar la operación cuando el aire exterior empeora.

Además, es clave reducir las emisiones en origen: materiales y acabados de bajas emisiones mejoran la calidad del aire interior y la salud sin necesidad de “compensar” con mayor ventilación y mayor consumo energético.

Olas de calor: primero diseño pasivo, después tecnología eficiente

Aunque las olas de calor (5%) no han sido la prioridad en la votación, apuntan al mismo reto de fondo. A escala de edificio, conviene priorizar un diseño pasivo inteligente y adaptativo y controles operativos flexibles antes de “añadir la máquina”. Cuando el bioclimatismo se trabaja desde el inicio, disminuye la demanda energética y el proyecto responde mejor ante episodios de calor.

Cuando la refrigeración sea inevitable, la clave es que sea altamente eficiente y electrificada, con electricidad de origen renovable. Y con temperaturas más elevadas, cobra mayor importancia la selección de materiales de bajas emisiones, ya que algunos compuestos pueden volatilizarse más y afectar a la calidad del aire interior. A escala urbana, esto se complementa con la red de refugios climáticos como infraestructura de adaptación.

Conclusión: el riesgo infravalorado es la lluvia intensa

La conclusión es clara: el riesgo más infravalorado, incluso con muchos votos, es el de lluvias intensas, porque a menudo se da por “resuelto” y es precisamente donde se pone a prueba si se ha diseñado para condiciones normales o para episodios extremos.

En este sentido, LEED v5 es un marco especialmente útil porque parte de una evaluación de riesgos climáticos y obliga a convertirla en medidas verificables en operación: gestión de lluvia y resiliencia del emplazamiento (soluciones basadas en la naturaleza y control de escorrentía) y una calidad del aire interior demostrable (estrategia + datos de monitorización), conectándolo con la energía para que el proyecto funcione cuando las condiciones reales se vuelven más exigentes.

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